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Por Liza Maria Martinez

Hablar de Boca Chica es hablar de una parte importante de la historia turística de la República Dominicana. Mucho antes de que el país se consolidara como una potencia internacional del turismo, Boca Chica ya era sinónimo de playa, diversión y encuentro familiar.
Sus aguas tranquilas, poco profundas y cercanas a Santo Domingo la convirtieron durante décadas en uno de los destinos más emblemáticos del país. Incluso, llegó a ser considerado uno de los primeros polos turísticos dominicanos.
Boca Chica tenía algo especial: no solo atraía turistas extranjeros, también era la playa del dominicano. Era el lugar donde familias completas compartían fines de semana, donde visitantes descubrían una parte auténtica del Caribe y donde cientos de pequeños comerciantes encontraban sustento gracias al movimiento económico que generaba el turismo.
Sin embargo, con el paso de los años, ese brillo comenzó a deteriorarse. La desorganización, la contaminación, la inseguridad, el abandono de espacios públicos y la falta de planificación fueron debilitando la imagen de un destino que alguna vez fue orgullo nacional. Y aunque muchas veces señalamos únicamente a las autoridades, la realidad es que como sociedad también fallamos. Criticamos a Boca Chica, nos alejamos de ella y permitimos que perdiera parte de su esencia sin asumir responsabilidad colectiva.
Resulta contradictorio que mientras la República Dominicana rompía récords turísticos —superando los 8.5 millones de visitantes y generando más de US$8,400 millones en divisas en 2022—, destinos tradicionales como Boca Chica quedaban rezagados frente al crecimiento de otros polos turísticos.
Pero quizás todavía estamos a tiempo.
El anunciado remozamiento de Boca Chica representa más que una inversión millonaria en infraestructura. Representa una oportunidad para recuperar identidad, dignidad y confianza. Las recientes intervenciones anunciadas por el Ministerio de Turismo incluyen reconstrucción de espacios públicos, mejoras en la playa, parques, malecón y seguridad turística, con inversiones que superan los RD$600 y RD$700 millones.
Sin embargo, el verdadero reto no será solamente construir o remodelar. El desafío será conservar. Porque ningún proyecto tendrá éxito si no existe orden, educación ciudadana, limpieza constante y compromiso de todos los sectores.
Boca Chica no necesita volver a ser únicamente un destino turístico; necesita volver a ser motivo de orgullo. Y eso implica aprender de los errores del pasado. Cuidar sus playas, respetar los espacios públicos, apoyar a los comerciantes responsables y entender que el turismo no solo genera dinero: también construye imagen país.
La nueva etapa que se anuncia para Boca Chica debe servir como reflexión nacional. A veces destruimos con indiferencia lo que luego queremos recuperar con millones.
Por eso, más allá de las obras, el verdadero cambio comenzará cuando entendamos que cuidar nuestros destinos turísticos también es cuidar nuestra identidad como dominicanos.
Porque Boca Chica merece volver a brillar, pero esta vez, merece que la cuidemos para que nunca más pierda su esencia.
https://youtube.com/shorts/miwjcutMo9A?si=wY1jE5tOBPb8_gBp

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